martes, 17 de noviembre de 2009

LAGO AGRIO





LUGAR TURÍSTICO DEL ECUADOR LAGO AGRIO "SUCUMBIOS"



HISTORIA


Nueva Loja o más conocido como Lago Agrio es la capital de la provincia Sucumbíos en

el nororiente Ecuatoriano. Lago Agrio tiene 30.000 habitantes. La provincia Sucumbíos es desde hace casi 30 años la zona principal petrolera. Lago Agrio tiene un aeropuerto, que es también importante para el turismo que entra a la Reserva Faunística Cuyabeno y a Limoncocha. Nueva Loja tiene su nombre por la migración desde la ciudad de Loja hacía la provincia Sucumbíos.


Orígenes del nombre

Se le da el nombre del primer pozo petrolero productivo perforado por la compañía Norteamericana Texaco, este nombre proviene de “Source Lake” qu

e significa Lago Manantial, luego “Source” fue cambiado por “Sour” que significa “Agrio”, ya que para los trabajadores, los días aquí eran muy difíciles y amargos.
Es por ello que el nombre fue cambiado a LAGO AGRIO y no quedó como Lago Manantial. Lago Agrio es entonces el nombre de la estructura petrolera montada por la Texaco. Ningún ecuatoria

no o algún nativo, es responsable de haber bautizado a esta región con aquel nombre.

Datos gene

rales

- Límites: Limita al norte con Colombia, al sur con la provincia de Orellan

a, al este con el cantón Cuyabeno y al oeste con el cantón Cascales.

- Clima: Ofrece un clima tropical con máximas precipitaciones en verano y temperaturas cálidas a lo largo de todo el año. Dicho clima posibilita una vegetación de selva ecuatorial, característica de la Ama

zonia.

- Alberga las parroquias urbanas de Nueva Loja y las rurales de Cuyabeno,

Dureno, General Farfán, Tarapoa, El Eno y Pacayacu.


Laguna de Lago Agrio
La laguna de Lago Agrio debe su origen a la confluencia de dos esteros llamados Buenavista yJubo
nes, manteniendo su espejo de agua estable, el mismo que aumenta en la época invernal. El agua es turbia y
presenta una coloración verdosa, sin duda alguna por la diversificación de conglomerados
algales; la misma que se torna de una coloración amarillenta en la época invernal por los sedimentos y restos orgánicos que son arrastrados por los esteros que dan vida a la laguna.
TOURS Viajando X
Playa, sol y mar, conjugado con la mejor gastronomía
Cascada de Peguche, laguna San Pablo, Cuicocha,

Las condiciones paisajísticas que brinda la laguna es única, los elementos como flora y fauna confluyen para brindar un ambiente y panorama selvático. Es necesario recal
car que aún existen remanentes de bosque que forman parte de las haciendas en la parroquia Puyo Pungo.
Ubicación
Esta maravillosa e impresionante laguna se encuentra en el cantón Nueva Loja.
Extensión
La laguna tiene una extensión aproximada de 2.000 metros de largo, 300 metros de amplitud y 4 metros de profundidad.
Clima
El clima que rodeada este lugar es agradable ya que por encontrarse a 340 m.s.n.m. presenta temperatura que oscila entre los 25º C. como mínimo hasta los 30º C. como máximo.
Flora
En las riberas de la laguna, aproximadamente 300 metros que no ha sido intervenido por los hacendados se observa un bosque de aproximadamente 25 metros de alto compuesto por especies arbóreas.

como el guarumo, sangre de gallina, higuerón, peine de mono, jihua y palmas.
Entre otras especies existentes tenemos: árboles muy apreciados por los c
omerciantes de madera, entre ellas el ceibo, cedro, guarumo, caripona, moral, g
uacamayo caspi, laurel, cana brava, platanillo, guabas, pambil, higuerón, hunguragua, morete, balsa y guayacán.
Parte de la flora del lugar es considerada para adornar varios jardines u otros lugares.
Fauna
La Laguna es el hábitat de la corvina d
e río, boca chico, bagre de río, guanchinche, piraña, rayas y gran cantidad de invertebrados que forman parte del pla
neton. Se pueden observar reptiles como por
ejemplo: boas y hasta cierto tiempo atrás caimanes; mamíferos como guanta, guatusa, armadillo, capibaras, danta, venado, sahino y aves como el pato aguja.

Lago Agrio



No hay vuelos nocturnos en el aeropuerto de Quito. En el tablero de anuncios de
la sala de embarque había uno numerado de Tame a las 7:10, era el segundo en la lista, a Lago Agrio,
con las mismas iniciales que Los Angeles, LA. TAME es Transportes Aéreos y Marítimos del Ecuador.

Existen tres clases de vuelos con destino a Lago Agrio. Uno civil, de la compañía Tame, en el que entramos quienes no tene

mos acceso a otro mejor; otro militar, de las Fuerzas Armadas del Ecuador, que se da a quien corresponda, en un servicio llamado de Acción Civil, encomiable acción por parte del ejército pero cuyo disfrute es muy reservado y poco aconsejable para los extraños a ese ejército. Un tercer tipo de vuelo es el fletado diariamente por la TEXACO. (Al llegar a Lago Agrio vimos cómo este avión de TEXACO aterrizaba en una pista más larga y con una terminal en nada par

ecida a la nuestra.)

La hora que se anuncia para el vuelo de Tame no tiene que ver necesariam

ente con

su hora real de salida. Los cafés y los pasteles en la cafetería del aeropuerto son increíblemente grandes y si además hay que desayunar tres o cuatro veces después de facturar, esperando el embarque de este vuelo, los tales cafés son capaces de ensopar al viajero más reseco y hambriento.

Apresuradamente en una mañana, días atrás, y a hurtadillas d

el equipo, fui a la sede de TEXACOy CEPE y al diario EL COMERCIO a buscar documentación sobre Lago Agrio. No sabía casi nada al respecto y necesitaba saberlo, porque siempre me he negado a ser un viajero ignorante. Las agencias de turismo que se dedican a la Amazonia informan escuetamente: Se puede ir en avión hasta Lago Agrio; es decir, se pasa por allí, se pernocta al

regreso; nada más. Por lo general se habla del Oriente y esa es la referencia de lo que tiene interés. El Oriente es la selva, la Amazonia, ... y el petróleo.

¿Qué es Lago Agrio, entonces? ¿Un volcán de petróleo en la llanura selvática?

De las veinte provincias en que está dividido el territorio de est

a república, cuatro abarcan todo el Oriente; la de Morona Santiago, Pastaza, Zamora Chinchipe y la del Napo. Pero de los 272.500 Km cuadrados de suelo de la nación (excluidos los 174.500 km que Ecuador reclama a Perú –Protocolo de Río de Janeiro de 1942–) resulta que 134.00 Km cuadrados, casi el 50%, está dentro de la selva amazónica; es decir, poco menos de la mitad del actual Ecuador es amazónico, selvático. Sin embargo, esta casi mitad del Oriente ecuatoriano no es más que el 1,86% de toda la cuenca amazónica, por dar una idea de la inmensa Amazonia. La relatividad en toda América se da en términos que a mí siempre me han parecido disparatados, y en el Amazonas m


ás aun.

Y así es de disparatada también la evolución política de este país en cuanto a su dimensión territorial. Por no ir más allá de la época hispánica, lo que fue la Audiencia de Quito tenía una extensión de más de un millón de kilómetros cuadrados; cuando después del proyecto de imperio bolivariano Quito se aparta de la Gran Colombia, 1830, todavía le quedan 700.000 Km cuad

rados; pero esta fue la ocasión de dejar encendida para siempre una irreconciliable relación con Perú, al principio de su historia republicana independiente. Es como si esta república tuviera que sobrevivir a fuerza de ser generosa con sus vecinas, porque ya tiene poco menos de un siglo de independencia cuando por el Tratado Muñoz Vernaza - Suárez, de 1916, se traspasan de Ecuador a Colombia más de 250.000 Km cuadrados de su solar; de un plumazo; lo arregló quien fuera el Presidente decimoctavo o vigésimo (no es fácil precisar este ordinal) de la República del Ecuador. La hasta hoy última reducción territorial, la de 1942, deja al país en esa cuarta parte de lo que antaño fuera y con unos límites aún inciertos, con unas fronteras indecisas.

El 70% del total de la Amazonia lo ocupa Brasil, con siete millones de kilómetros cuadrados; los Estados Unidos de Norteamérica son un poco más grandes.


En Ecuador la extensión selvática ejerce una fuerte y especial atracción frente a la total del país. Es un subterfugio que la selva le juega por lo suyo desconocido sobre todo lo demás; cuanto hay allí dentro todavía se retrae a la civilización, a la explotación, a la industrialización, y el que no se sepa qué es lo que encierra dentro es suficiente para que se sueñe con ello.

Cuando Benalcázar, Gonzalo Pizarro y Francisco de Orellana dominaban ya el Reino de Quito no pudieron resistirse a la fascinación del Oriente y fueron allá, dejándolo todo, en busca de algo todavía mayor, en busca de El Dorado. Pizarro volvió a salir de la selva con los calzones rotos y poco más que su piel pegada a los huesos; y Orellana, con toda la audacia y la suerte visionario, descubrió el gran Amazonas para el mundo occidental, desvelándole a la selva el sec

reto de su gran dios - río tan celosamente guardado.

Cada vez que el hombre se encuentra en situación crítica intenta adentrarse en la selva en pos de la reserva material y emocional que se supone ella encierra. En aquellos tiempos fue oro el motivo; poco después la canela; el caucho en los años de las grandes guerras; y recientemente la caza de animales exóticos, la agricultura y la madera. En los últimos años, por fin, despué

s de cuatro siglos, ha aparecido el oro que los españoles fueron a buscar, aunque exige extraerlo de las entrañas profundas y salga de otro color.

Si se hubiera encontrado petróleo en la zona de selva ecuatoriana que tomó Perú, en el 42, y no se hubiera encontrado en los actuales yacimientos Nordorientales, Ecuador hubiera sufrido una crisis de moral nacional tal vez insuperable y letal. El país entero, los políticos, los financieros y los civiles de a pie miran al Oriente, por donde nace el sol; porque hay un relumbrón en la selva que no se sabe cuánto vale.

Durante dos horas se escuchan en la terminal sucesivos anuncios de retraso para el vuelo de Tame a Lago Agrio. Son más numerosos los pasajeros que dicen que esto

es normal que los que nos extrañamos de ello.

La carga en el avión es tan limitada que nuestras cámaras y todo el material de rodaje viaja en el vuelo de Acción Civil de las Fuerzas Armadas.

Hasta finales del año 87, desde que comenzaron las extracciones de petróleo en cantidad considerable, la afluencia de viajeros a Lago Agrio llenaba la terminal del aeropuerto en Quito, agolpándose sobre la venta de pasajes y aguantando largas esperas; la demanda superaba con creces la capacidad de transporte que tenía esta línea. Unas cien mil personas volaban anual

mente a un destino cuyo nombre figuraba nada más que en las ediciones modernas de mapas del Ecuador. Yo lo imaginaba como una ciudad grande en ese vasto territorio del Oriente.

Por fin embarcamos en un Fokker en el que no quedó una sola plaza libre.

Subir y bajar de un avión se me ha convertido en rutina; pero esta vez el mismo hecho de siempre me pareció completamente distinto, absolutamente original.

Después de tantas horas de retraso el abordaje se hizo rapidísimo, andando por el asfalto pocos metros desde la terminal a la nave. En un instante el Fokker se alzó sobre Los Andes y nos puso el Cotopaxi en la ventanilla; era una visión sobrenatural; miles de hombres que han vivido aquí durante milenios fueron privados de esta vista sobrenatural, reservada a los cóndores y a los dios

es.

Creo que es necesario esperar a tener la oportunidad de un punto de vista tan alto como el vuelo de un avión para comprender la historia geológica de la inmensa cuenca amazónica.

El río Napo es el afluente más importante del alto Amazonas; son novecientos kilómetros de curso los que tiene; queda más al sur de la ruta que llevamos en este vuelo. Sí atravesamos el río Acuarico y en este punto en que lo vemos aún no tendrá hecha más de una sexta parte de su recorrido de setecientos kilómetros hasta el Napo, sin embargo contemplado por mí, que estoy acostumbrado a los pequeños ríos de mi España, este me da la impresión de que fuera el desagüe de una inundación continental; su lecho, recién iniciado el correr por la selva, es un aluvión de cieno que s

e desplaza pesadamente.

Los estudios realizados en las cuencas de estos ríos demuestran que el Oriente ecuatoriano está homologado geológicamente con toda la cuenca amazónica; esta, al final del período terciario, se encontraba cubierta por el mar; y las deyecciones de lavas de la Cordillera Oriental, más antigua que la Occidental, fueron alejando las aguas hacia el Este. Siguieron después los productos aluviales que rellenaron progresivamente dicha cuenca, configuraron la red fluvial del Amazonas e hicieron retroceder las aguas marinas a la posición que ocupan en nuestra era.

Es utópico pretender resumir la tan larga historia geológica de me

dio continente a una sola página, querer explicarlo en unas palabras. Sin embargo, la naturaleza es tan lógica y tan lúcida que los hechos más grandes los presenta con diáfana claridad, y comprenderla no exige otra cosa sino verla. Porque es a medida que uno va acercándose a ella como se te va revelando y es ella misma quien te introduce en sus secretos. Con una sola mirada se puede descubrir todo el largo y farragoso contenido de un tratado o de muchas horas de lecciones magistrales.

Yo había sobrevolado la Amazonia únicamente en vuelos internacionales; a esa altura la selva es sencillamente todo lo que se ve abajo, sin saber qué es, y eso si no está cubierta por un opaco mar de nubes. Es preciso contar con la vista especializada de los astronautas para distinguir algo desde esa distancia. Esta era la primera vez que pasaba por encima de la selva

en un vuelo doméstico y teniéndola además como punto de destino. Sentía tocar las copas de los árboles; identificaba, quería hacerlo al menos, las palmeras y distinguirlas de las papayas o las plataneras.

Muchos de quienes nos acercamos al mundo de lo natural que nos es desconocido, lo antiguo, lo primitivo, lo hacemos desde este plano de superioridad que creemos nos da el hecho de vivir en la tecnología, en el poder del dinero, de los medios de comunicación y, en último término, en una cultura que para nosotros es superior. Por lo general, seguimos la costumbre de realizar este acercamiento agrupándonos las personas por motivos afines, por intereses científicos, comerciales, por turismo o simplemente por curiosidad; razón para sentirnos fuertes cada uno, arropados por los demás de ese grupo. Pero si se trata de un acercamiento o de una penetración indivi

dual, quien lo realiza se dispone a una gran aventura, a un paso gigantesco difícil de calcular previamente, porque entrar en lo desconocido supone correr toda clase de riesgos.

Si esto nos ocurre a nosotros, qué ocurrir a los que se encuentran abajo, en su mundo ancestral, y soportan la invasión de un avión tras otro, de un cargamento de cosas desconocidas que no saben de dónde vienen ni a qué.

¿Qué pensarán de mí los indígenas de la selva?

Miraba la tierra verde y húmeda que estábamos sobrevolando, y no apartaba la vista de ella por no perder un instante de esta visión, pero me reaseguro en la certeza de estar en un avión de turbohélices, lleno de pasajeros junto a mí y en la compañía de mi equipo de rodaje

.

Ahí abajo se ven los restos de una avioneta que perdió el vuelo entre los árboles.







Llegamos al aeropuerto de Lago Agrio atravesando una espesísima lluvia. Los alrededores, desde el aire, son explanadas discontinuas donde parece que muchos convoyes hayan llegado no se sabe por dónde y dejado su carga; barracones y almacenes al descubierto, sobre un suelo del que ha desaparecido el verde y est encharcado en aceite mineral usado.

La pista de aterrizaje es un tramo de carretera cortada, en medio de la selva. Por la ventanilla no se ve la terminal, si no es un cobertizo minúsculo de menos altura que la del Fokker cuando para los motores. Al abrir las puertas para descender se cerciora uno de que, efectivamente, nos apeamos en la cuneta. Llueve como si la lluvia fuera artificial, un efecto de cine a propósito para no dejar ver dónde hemos caído; al lado del avión hay un gentío de paraguas, un grupo de personas tan numeroso como el nuestro, que acaba de llegar; pero no nos están esperando, no han venido a recibir a nadie, no se trata nada más que del pasaje que debe ocupar el avión tan pronto le dejemos vacío y que aguantan la esa espera bajo la lluvia. A pesar del agua tan abundante que está cayendo, la sensación térmica no es menor de unos veinticinco grados centígrados. El corto camino entre el avión y el cobertizo-terminal lleva escasos segundos hacerlo corriendo.

Ya estoy en Lago Agrio y el agua me aclara las ideas. Efectivamente esta parte de la terminal no es más que un abrigo con techo de zinc, sin puertas y sin ventanas, porque no tiene más que una pared y media. Mujeres yankees con impermeables de plástico transparente han querido resguardar de la lluvia sus cabellos rubios, sus sweaters de punto ligero color de rosa y sus medias de seda artificial. Son altas y gruesas y tienen un jefe de grupo que reparte entre ellas refrescos de naranja en vasos de cartón.

De las cinchas de mi mochila saco el sombrero de paja toquilla, saco también la guayabera de poliéster color caqui, que había comprado en Quito en la fábrica-almacén de las Fuerzas Armadas y que pensaba tener como uniforme selvático. Me siento en un palo de la cerca que limitaba este cobertizo, al borde del desagüe de los canales, y enciendo un cigarrillo para permitirme ver las cosas sin pensar en ellas. Cambio mis zapatillas sport por las botas de agua de media caña y me dispongo a que, a partir de ese momento, el tiempo pase sin empujarlo. Observando las mujeres yankees con sus gabardinas de Sears de la talla 48, me viene a la memoria la imagen grácil de Galina Andrade, con su maillot y sus rizos negros atados con la cinta. El sudor de la calima me impide emocionarme e incluso seguir pensando más; dejo reducirse todas mis emociones a una sola y que esta evolucione lentamente. Ponen en mis manos en ese momento una lata de cerveza de procedencia desconocida; y no quiero averiguarla.

—No preguntes.

El compañero que me la da ve claramente en mi cara las pocas ganas de preguntar; en esas circunstancias una cerveza ecuatoriana –elaborada en Guayaquil– no era simplemente una cerveza, era un gran premio, porque, por supuesto, en ese lugar no había bar, al menos si lo había, estaba cerrado; había sed en grandes dosis de ansiedad.

La aparición de esta cerveza se debía a la llegada de nuestros guías con su cargamento, su autobús, y los otros miembros del equipo, el cámara y el técnico de sonido que habían volado en el avión de Acción Civil de las Fuerzas Armadas, vuelo este con mucha más pena que gloria.

Al otro lado del cobertizo-terminal del aeropuerto nos esperaba una vieja guagua con la puerta abierta, un coche grande y lleno de kilómetros; al subir a él me fijo menos en cómo es que en cómo está atestado de bultos, maletas, cajas de cartón, cestas, botelleros, más maletas de cámara, trípodes, maletas de material eléctrico, un pequeño grupo electrógeno, que era nuevo en el equipaje, y bidones de gasolina. Muchas veces ocurre que al cargar el material de un rodaje con ello se llena el vehículo en el que hay que viajar y es una vez lleno cuando subimos el personal, ... en el sitio que queda; así se han hecho muchos viajes, durante los cuales, además, hay que aprovechar el tiempo para descansar.

Me di cuenta después que no se trataba de un bus para largo recorrido; no tenía asientos con la tapicería vieja y rota; no tenía tapicería; no eran asientos anchos sino estrechos y metálicos; no era un autocar ni un autobús sino un bus a secas, de los que hacen líneas urbanas y a los que uno se sube para un corto trayecto de solamente algunas calles. Lo raro era que este bus urbano se hubiera alejado tanto de la ciudad como para haberse perdido en la selva; era muy raro, pero allí estaba.

Comparado con el cobertizo del aeropuerto, el refugio del bus es bastante mejor; tiene paredes, puertas y asientos, por añadidura podemos considerarlo como nuestro, del equipo, que es como decir de la familia.

Instalado ya en él no puedo menos de mirar el reloj para memorizar este instante: Son las 13 horas del día 1 de mayo y sigue lloviendo a mares. La mesa está servida dentro: Una soberbia ensalada de atún con aguacate, mostaza, maíz y cebolla; galletas saladas, pan, queso y fiambres del país, roast beef y más cerveza muy fría. Por supuesto, todavía más abundante y variada es la fruta. (Los guías turísticos son gente prodigiosa, reinventan la vida en un descampado o montan un oasis en el desierto).

¡Bienvenidos, por fin, a Lago Agrio!






Lugar del emplazamiento de la actual población Lago Agrio, en un principio llamada Nueva Loja, junto al río San Miguel. (Foto cortesía diario EL COMERCIO, Quito).

Los profesionales del turismo tienen la virtud de familiarizarse con un cliente; antes, incluso, de haberles sido presentado. Todo el material de la expedición ha sido trasladado desde Quito a Lago Agrio en día y medio. Y aquí está todo, hasta el último detalle, dispuesto para emprender la marcha tierra adentro de la Amazonia. Almorzábamos dentro del bus aparcado, mientras fuera iba pasando el raudal de lluvia que nos había recibido.

Cuando acaba el aguacero, tengo más clara la sensación de encontrarme en un sitio donde todos somos recién llegados. Me fijo de nuevo en el cobertizo y el aeropuerto; el avión de Tame ya no está allí y tampoco se ven otros; la pista de aterrizaje y el acceso a ella están relavados por el aguacero, lo mismo que el césped y la maraña selvática que limita con él. Todo tiene, dentro de la selva que nos rodea, un aspecto reciente, como de estar hecho en los últimos días; la carretera de tierra que nace detrás del cobertizo, y hacia donde mira nuestro bus aparcado, no parece sino un grueso sendero abierto en en el momento justo antes de empezar a llover. Terminamos de almorzar y un chófer gordo pone el diesel en marcha. Muy pronto nos va a demostrar el auto su velocidad. Quince minutos más tarde estamos en la afueras de Lago Agrio; pero antes de ver el pueblo vemos enormes tanques metálicos de petróleo y camiones del ejército con mozos de uniforme muy bien alimentados. De pronto, y como si de un ignorado paso fronterizo se tratara, surge ante nosotros una barrera militar defendida por centinelas con cascos y fusiles. La camioneta se detiene y por la puerta que nunca se ha cerrado antes sube un suboficial imberbe, camisa remangada y cabeza descubierta, que nos mira sonriente llevándose apenas la mano derecha a la altura de la frente, a modo de saludo escaso, y nos pide los papeles con una insinuación que no precisa de más para que cada uno de nosotros enseñe el pasaporte español; el jefe de los guías le hace nuestra presentación y le da las explicaciones de nuestro viaje y nuestra estancia aquí.

Unos metros pasada la barrera repetimos parada en el lateral de la calzada. Nos adentramos en un poblado ciertamente singular; las calles no son delimitadas por muros sino cercadas por vallas metálicas, alambradas robustas, nuevecitas, brillantes todavía, amarradas a gruesos barrotes y reforzadas por encima con alambres de espino; al otro lado de ellas, extensos jardines de un césped recién cortado y, en cada jardín, construcciones prefabricadas de un aspecto impecable, con árboles plantados en torno a él para más resguardo.

—Son las casas de los gringos. Dicen

A algo me suena esto.

Enormes antenas parabólicas enseñoreándose de otros espacios verdes; imponentes anteojos de metal mirando al cielo.

Es otra vez un militar quien nos indica dónde están las oficinas de TEXACO y a ellas se dirigen nuestra productora y el jefe de los guías, porque es necesario asegurarse de poder salir semanas más tarde de la selva y regresar a Quito. Los jefazos del petróleo son los dueños del avión que transportar nuestra carga en la vuelta. Sumamente amables con nosotros, aceptan hacernos el favor sin el más mínimo reparo, porque entienden la profesionalidad del trabajo que estamos realizando y las dificultades que tiene la compañía civil –Tame– con la carga aérea. El rápido y positivo final de esta gestión representa un alivio inmediato para nuestras preocupaciones.

No es extraño que el pueblo no se haya visto desde el aire; es que no hay pueblo. Una sola calle sin pavimentar, casas de madera a cada lado y alguna de ladrillo; tiendas, locales indefinidos, almacenes, restaurantes, todos abiertos y casi todos sin puertas. Se entra en la calle saliendo de una curva de la carretera y, al final, otra curva más y acabó el pueblo; continuamos camino bordeando la alambrada de un campo de petróleo. Se encuentra uno el pueblo tan de súbito y el encuentro es tan fugaz que no me atrevo a pensar si se trata de una presencia real o es una aparición, una proyección de otra calle u otra ciudad lejana, una representación fantástica en medio de la selva, una alucinación llamada Lago Agrio, fruto de mi imaginación y mi ansiedad.

El amanecer Mío de aquella mañana había sido brumoso, somnoliento; la espera en el aeropuerto, el colmo de la incertidumbre; la llegada, un aterrizaje en otro planeta; no era pues extraño que mi visión de Lago Agrio resultara insegura; a ello ayudaba la lluvia recién caída, que se evaporaba del suelo a la misma velocidad con que lo había empapado y daba a la calle, a las casas y a la gente un aire de irrealidad. Para mí era una fotografía de algo sin saber qué y sin que la película estuviera correctamente impresionada; imagen latente a medias, a medias revelada y solamente en parte visible como transparencia.

Recordaré siempre esta visión extraordinaria porque se me grabó en el borde de la memoria, en la frontera de lo consciente y lo subconsciente. Sin embargo nada de los sonidos correspondientes a esas imágenes consigo reproducir en el recuerdo; no sé si las gentes hablaban y si los autos hacían ruido. No recuerdo más que lo que vi y no sé siquiera si lo imaginé.

Era preciso entretenerse en el pueblo lo menos posible y continuar el viaje hacia el interior de la selva, a donde debíamos llegar antes de la noche.

—¿Adónde va, pues?

—A Lago Agrio.

—¡Ah... ! Laaago Agrio.

El Lago pronunciado por él era mucho más largo que el Agrio.

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